El viejo Anselmo vivía solo y aunque no era lo que él había elegido, tuvo que acostumbrarse a los avatares del destino.
Había enviudado hacía ya unos largos años, sus hijos habían emigrado y hecho nido muy lejos de allí.
El veterano de rostro cansino y arrugado, de prominente barba blanca y cabello gris y descuidado veía pendular su vida entre la mañana y la noche sin mucho por hacer.
Atendía su pequeña quinta, alimentaba un manojo de gallinas, fumaba en pipa a la caída del sol y tomaba mate, mucho mate.
Cuando el calor agobiaba en aquellas tardecitas de Enero, sacaba una reposera al portal de su humilde rancho, se desprendía los dos primeros botones de su camisa y se resguardaba bajo el alero.
Vivía cercano a la ruta y cada tanto en esas tardes de hermética soledad veía pasar algún auto, acaso no fuera un descomunal acontecimiento, pero era el contacto que Anselmo tenía con la vida social, aquella realidad más humanizada que sus gallinas.
Claro que para un añoso de aquellas características, con tantas historias de vida, vividas y vistas existían bastantes recuerdos para hurgar en la memoria y matar el tiempo evocando pasados.
La proximidad con los vecinos no era distante, aún así él era un hombre de poco diálogo y relacionamiento casi nulo.
- Más vale solo... – decía y en esas llevaba su presente sin demasiados sobresaltos.
Una de esas tardes cuando el sol ya amenazaba para marcharse desde lo lejos vio arrimarse un perro, afinó la vista para no perder detalle y le pudo observar sin dificultad, el animal venía rumbo a él.
El pobre perro era un costal de huesos, flaco y descarnado. Blanco con manchas negras, o negro con manchas blancas, ambas descripciones lo definían fidedignamente.
Orejas erguidas, patas con manchas, blanca corbata, hocico afinado y largo, ojos tristes, inquietos y penetrantes. Evidenciaba unas cuantas primaveras.
Se sentó a pocos metros a esperar la reacción del dueño de casa que pipa en mano, no dejaba de observarle.
El viejo se paró, tan a prisa como su físico se lo permitió, tomó un cuchillo de su cintura y se acercó al animal. Alertó al perro, el filo de aquel cuchillo que se arrimaba a él.
Anselmo cortó la soga que rodeaba el cuello del recién llegado, liberándolo.
Después lo alimentó con sobrantes del almuerzo y leche. Aquel visitante si que estaba hambriento, logró sacar brillo en el fondo del metálico cuenco.
Y en el piso, sobre la tierra cuando la noche se hizo grande el viejo prendió unos leños y sobre una parrilla casera colocó unas tiras de asado. Ambos comieron.
Después de la cena, el animal que aún no había otorgado confianza se aproximó hasta Anselmo e inclinó la cabeza esperando que el viejo deslizara la mano sobre ella.
Aquella comunión que parecía dar inicio a una nueva amistad se había consumado.
La felicidad de los dos era evidente, la cola del perro viajaba en vaivén de un lado a otro como si tuviera vida propia.
- Rabito, así te voy a llamar.
Y así fue, aquel bautismo atestiguado por la luz lunar. Al rato Rabito, el perro que había sido recibido con honores de rey se marchó, tal y como vino desapareció entre las sombras.
A la mañana siguiente regresó, ya con otra actitud, moviendo la cola desde lo lejos y al caer la noche, como una Cenicienta con el tiempo finito, una vez más se marchó.
Después de esa noche, estuvo un par de días sin regresar Anselmo ya no le esperaba y finalmente al caer la tarde apareció, estuvo con su amigo comió y bebió y nuevamente cuando devino el tiempo noctámbulo, como en religiosa procesión se marchó.
- Ni los perros son como los antes- Pensó el viejo triste y deprimido, pues la soledad en horas de la noche era cuando más lo cautivaba.
- Antes eran fieles a sus amos, bastaba con alimentarlos y palmearles la cabeza.
A los dos días cuando Rabito volvió decidió que esa noche lo seguiría, sin que el animal se diera cuenta y así aconteció. Compartieron el día y la tarde y cuando la oscuridad reinó y el perro inició la marcha, Anselmo sigilosamente como ladrón escondido comenzó la caminata tras la ruta de Rabito.
Aquel perro descarnado viejo y solo que había llegado hasta Anselmo, acaso por saberlo en iguales condiciones, con mucho tiempo para matar y un gran pasado para añorar,
pernoctaba durante las largas noches de soledad, a la sombra de la tumba de su verdadero amo, lejos de Anselmo, en el cementerio.
PRESENTACION BREVE
Una vez alguien me dijo que todo aquello que nuestra mente es capaz de imaginar otra persona en algún lugar del tiempo ya lo llevó a cabo o lo vivió.
Por eso me cautivó la narrativa, porque me permite llegar hasta esos lugares para redactar desde mi óptica las vivencias de los protagonistas.
Desde algún lado soy un mero observador de cuanto acontece, y debo ser narrador fiel de los sentimientos que expresan cada uno de ellos.
Para eso me permiten entrar en sus corazones.
No me piden nada a cambio, solo me exigen que utilice pinceladas de veracidad.
Nunca sabré quien las engendró ni las parió, solo se que permanentemente coquetean sobre mi cabeza para que me detenga a escudriñar y después las lleve al papel.
Más de una noche, no me han dejado dormir, tentándome con sus azotes, para que de alguna manera también participe de ellas y logre fotografiarlas.
Algún fotógrafo evaluará si el resultado es bueno o malo, yo solo quiero estar allí con la cámara lista cuando sea el momento justo.
Mientras los personajes me permitan ser el ladrón de sus historias continuaré estando en esos privilegiados lugares.
El día que ellos consideren que ya no debo hurgar en sus vivencias...
Ese día dejaré de escribir.
miércoles 5 de mayo de 2010
sábado 29 de agosto de 2009
PLETORICA PASION.
Generalmente cuando llegaba la noche se mostraba reticente al sueño, los recuerdos tan bellos lo anclaban a su realidad.
Se servía un poco de vino y se arrimaba hasta la ventana a contemplar la nocturnidad.
La historia de amor en la que se había visto inserto no lo liberaba, a ella dedicaba pensamientos, nostalgias y suspiros, profundos, tan grandes como la madrugada que golpeteaba sus sienes, mas él estaba impávido sin reaccionar.
Habían sido solamente quince días, pero de esos que se viven a pleno, había comprometido por entero su alma y su cuerpo en aquella relación que lo había sumido en un enamoramiento que aún lo cautivaba.
La pintoresca ciudad de Maldonado, punto de encuentro de turistas extranjeros, había sido el marco del encuentro veraniego que logró potenciar aún más los calores de la época y rubricar historia en sus cotideaneidades.
Sus vidas habían confluido en aquel hermoso natural durante el encuentro, que se extendió más de lo pactado.
Pero como todo lo lindo un día tocó el punto final y entonces cada uno debió seguir su destino.
La vida los había encontrado cuando ya tenían su vida, sus compromisos, sus realidades, ese destiempo que tanto deploran los amantes y la pregunta tan recurrente se repetía.
- ¿Por qué no habrás llegado a mi vida hace diez o quince años?
Como arena en un puño, intentaban retener el tiempo de encuentro que avanzaba fugazmente, los minutos devoraban las horas y éstas los días.
El fuego que se gestara con el encuentro consumía el tiempo y se hacía más fuerte, acrecentándose en cada noche, en los amaneceres. Cuando el sol los despertaba abrazados sin ninguna otra intención que permanecer junto al ser amado.
Esos acalorados instantes que arrancaban roces de piel y sábanas, humanidades transpiradas, amalgamadas intensamente intentando saciar esa sed que va más allá de lo imaginable, ahí cuando los besos y las caricias se vuelven escasos para ser regalados
Que lejanos parecían estar aquellos momentos de entrega incontenible, ahora que observaba a través de los cristales aquella hermosa costa que se dibujaba aún más impresionante alumbrada por la luna.
Que dejo de profunda tristeza asolaba si espíritu, entonces sumergía sus angustias en la copa que parecía haberse vuelto su única aliada en aquellas desoladoras madrugadas.
Historió en su memoria y nunca recordó haber amado así, de aquella manera, ni con aquella intensidad. Prueba de ello era el dolor que provocaba la necesidad de compañía, de aquella compañía.
Entonces no había consuelo, nada lograba llenar aquellos vacíos, ni apoderarse de su mente tan solo unos cuantos minutos.
Cuando la cristalina copa vio escurrir la última gota, se recostó hacia atrás sobre su cómodo asiento, perdió su vista en un punto indefinido, tomó su celular, lo abrió...
Al instante volvió a cerrarlo, ya no podía extraerle más momentos a aquel hermoso tiempo, las cosas debían seguir su curso, sus vidas tenían que sobrevivir a aquel alocado encuentro y continuar.
Socialmente nadie iba a aceptar que perdurara aquel amor tan puro y hermoso, mucho menos tratándose de dos hombres.
Se servía un poco de vino y se arrimaba hasta la ventana a contemplar la nocturnidad.
La historia de amor en la que se había visto inserto no lo liberaba, a ella dedicaba pensamientos, nostalgias y suspiros, profundos, tan grandes como la madrugada que golpeteaba sus sienes, mas él estaba impávido sin reaccionar.
Habían sido solamente quince días, pero de esos que se viven a pleno, había comprometido por entero su alma y su cuerpo en aquella relación que lo había sumido en un enamoramiento que aún lo cautivaba.
La pintoresca ciudad de Maldonado, punto de encuentro de turistas extranjeros, había sido el marco del encuentro veraniego que logró potenciar aún más los calores de la época y rubricar historia en sus cotideaneidades.
Sus vidas habían confluido en aquel hermoso natural durante el encuentro, que se extendió más de lo pactado.
Pero como todo lo lindo un día tocó el punto final y entonces cada uno debió seguir su destino.
La vida los había encontrado cuando ya tenían su vida, sus compromisos, sus realidades, ese destiempo que tanto deploran los amantes y la pregunta tan recurrente se repetía.
- ¿Por qué no habrás llegado a mi vida hace diez o quince años?
Como arena en un puño, intentaban retener el tiempo de encuentro que avanzaba fugazmente, los minutos devoraban las horas y éstas los días.
El fuego que se gestara con el encuentro consumía el tiempo y se hacía más fuerte, acrecentándose en cada noche, en los amaneceres. Cuando el sol los despertaba abrazados sin ninguna otra intención que permanecer junto al ser amado.
Esos acalorados instantes que arrancaban roces de piel y sábanas, humanidades transpiradas, amalgamadas intensamente intentando saciar esa sed que va más allá de lo imaginable, ahí cuando los besos y las caricias se vuelven escasos para ser regalados
Que lejanos parecían estar aquellos momentos de entrega incontenible, ahora que observaba a través de los cristales aquella hermosa costa que se dibujaba aún más impresionante alumbrada por la luna.
Que dejo de profunda tristeza asolaba si espíritu, entonces sumergía sus angustias en la copa que parecía haberse vuelto su única aliada en aquellas desoladoras madrugadas.
Historió en su memoria y nunca recordó haber amado así, de aquella manera, ni con aquella intensidad. Prueba de ello era el dolor que provocaba la necesidad de compañía, de aquella compañía.
Entonces no había consuelo, nada lograba llenar aquellos vacíos, ni apoderarse de su mente tan solo unos cuantos minutos.
Cuando la cristalina copa vio escurrir la última gota, se recostó hacia atrás sobre su cómodo asiento, perdió su vista en un punto indefinido, tomó su celular, lo abrió...
Al instante volvió a cerrarlo, ya no podía extraerle más momentos a aquel hermoso tiempo, las cosas debían seguir su curso, sus vidas tenían que sobrevivir a aquel alocado encuentro y continuar.
Socialmente nadie iba a aceptar que perdurara aquel amor tan puro y hermoso, mucho menos tratándose de dos hombres.
PESADA CARGA.
Amarillentas y grises imágenes de tiempos pasados. Con los bordes resquebrajados por el paso de los años.
Aguardaban para ser devoradas por el fuego, en el interior de aquella valija marrón de cueros arrugados y desteñidos.
Cuando las rojas brazas desprendían calor, Angel se arrimó hasta la enorme boca de la estufa y lentamente comenzó a lanzar las viejas fotos a la hoguera.
Una a una como un ritual, las observaba, pensaba y recordaba antes de enviarlas con las rojas llamas, que parecían bestias hambrientas, esperando para engullir todo cuanto se presentara a su paso.
Conscientemente estaba enterrando su pasado, todo lo que había vivido volvía a su mente cual proyección al contemplar cada una, eran pedacitos de vida que se habían inmortalizado, al ser capturados por aquella máquina.
Los rostros que le observaban desde aquellos documentos históricos, eran queridos y muy añorados, ya no estaban en su vida...Ninguno de ellos.
Las mujeres con grandes sombreros y adornos, largos guantes que llegaban hasta los codos, vestidos largos y anchos, hablaban de una antigüedad remota.
Los hombres con los cortos cabellos engominados, trajes negros con rallas verticales, fino bigote y sombrero de la época.
Muchas de ellas habían sido atacadas por la humedad, se tornaba dificultando el intento de visibilidad, aún así a pesar de estar adheridas unas a otras, cuidadosamente las desmontaba para poder echarles la ojeada final antes de destruirlas.
Las despiadadas llamas continuaban engordando y no cesaban en su afán destructivo, poco les importaba si aquellas imágenes eran recientes o si tenían setenta u ochenta años, todas eran masticadas de la misma manera, con la misma ferocidad y sin miramientos.
Finalmente entró la madrugada y se hizo grande la noche, el rocío comenzó a regar los pastos en el exterior y el frío reinó.
Cuando las astillas cesaron de arder hasta la última foto había sido quemada, ni un solo vestigio del pasado perduró, todas, una a una habían sido alimento del fuego y Ángel logró dormirse, junto al calor, sobre la gruesa alfombra verde.
Llevaba su pasado como pesada mochila sobre sus hombros, siempre presente, hubiera preferido no tener tanta memoria, no saber, no ver.
Envejecía de golpe con tantos recuerdos golpeteando las puertas de sus pensamientos, fue que decidió deshacerse de todos ellos.
Al fin y al cabo decidió que no necesitaba tanta historia un chico de solo diecisiete años.
Aguardaban para ser devoradas por el fuego, en el interior de aquella valija marrón de cueros arrugados y desteñidos.
Cuando las rojas brazas desprendían calor, Angel se arrimó hasta la enorme boca de la estufa y lentamente comenzó a lanzar las viejas fotos a la hoguera.
Una a una como un ritual, las observaba, pensaba y recordaba antes de enviarlas con las rojas llamas, que parecían bestias hambrientas, esperando para engullir todo cuanto se presentara a su paso.
Conscientemente estaba enterrando su pasado, todo lo que había vivido volvía a su mente cual proyección al contemplar cada una, eran pedacitos de vida que se habían inmortalizado, al ser capturados por aquella máquina.
Los rostros que le observaban desde aquellos documentos históricos, eran queridos y muy añorados, ya no estaban en su vida...Ninguno de ellos.
Las mujeres con grandes sombreros y adornos, largos guantes que llegaban hasta los codos, vestidos largos y anchos, hablaban de una antigüedad remota.
Los hombres con los cortos cabellos engominados, trajes negros con rallas verticales, fino bigote y sombrero de la época.
Muchas de ellas habían sido atacadas por la humedad, se tornaba dificultando el intento de visibilidad, aún así a pesar de estar adheridas unas a otras, cuidadosamente las desmontaba para poder echarles la ojeada final antes de destruirlas.
Las despiadadas llamas continuaban engordando y no cesaban en su afán destructivo, poco les importaba si aquellas imágenes eran recientes o si tenían setenta u ochenta años, todas eran masticadas de la misma manera, con la misma ferocidad y sin miramientos.
Finalmente entró la madrugada y se hizo grande la noche, el rocío comenzó a regar los pastos en el exterior y el frío reinó.
Cuando las astillas cesaron de arder hasta la última foto había sido quemada, ni un solo vestigio del pasado perduró, todas, una a una habían sido alimento del fuego y Ángel logró dormirse, junto al calor, sobre la gruesa alfombra verde.
Llevaba su pasado como pesada mochila sobre sus hombros, siempre presente, hubiera preferido no tener tanta memoria, no saber, no ver.
Envejecía de golpe con tantos recuerdos golpeteando las puertas de sus pensamientos, fue que decidió deshacerse de todos ellos.
Al fin y al cabo decidió que no necesitaba tanta historia un chico de solo diecisiete años.
lunes 17 de agosto de 2009
LA PIEL DEL LOBO.

Al igual que los árboles, los floridos jardines, los verdes pastos frescos, los médanos casi a flor de agua en las zonas poco profundas de la playa amarilla, punto de encuentro de los veraniegos días de calor, aquella terrorífica crónica formaba parte del folklore popular.
Los más viejos del pueblo, aquellos que andaban con la espalda encorvada y peinaban canas, alguna vez que otra en noches de guitarreada y canto amenizaban la tertulia con aquellas historias que según ellos, eran reales.
Y los que atestiguaban aquellos relatos verdaderamente lo creían, porque quienes los narraban los cargaban de fuerza y vigor.
Aquellas andanzas aunque rozaran el asombro o sembraran mantos de incredulidad se volvían reales, a la luz del calor de las brazas, cuando las gargantas de los cantores estaban ya cansadas y la pausa obligaba.
La leyenda había crecido arraigada en las cuerdas de las guitarras, en él boca a boca, había sido legado a las generaciones nuevas y la misma gente la había mantenido tangible. De todos las exposiciones fantásticas que encumbraban los relatos de los paisanos, era sin duda la existencia del lobizón la más relevante, cargada de misticismo y por sobre todas por un gran realismo.
Antonio Giménez había nacido y crecido en Villa Lobos, aquella ciudad costera del interior.
Precisamente había heredado su nombre de ésta popular creencia, lo que en otras partes del mundo se definía como el “hombre lobo”.
Era una persona muy respetuosa de las creencias pueblerinas y le cabría el rótulo de cristiano, al menos a la hora de ir a misa los domingos.
Lo cierto es que no contaba con la virtud de la fe para las cuestiones religiosas, aún así quería asegurarse un lugar en el paraíso a la hora del adiós.
Cuando en un pueblo se comienzan a tejer suspicacias en torno a una persona, se empieza a temer, a ver al individuo con otros ojos, podría decirse que pasa a ser culpable sin siquiera haber tenido un juicio.
Esto aconteció con Miguel, un nuevo carpintero que había llegado al pueblo, pisando los cuarenta años, vivía solo, era ermitaño, casi nunca se lo veía andar la calle.
Este raro comportamiento llamaba mucho la atención.
¿Porqué este hombre vivía solo y alejado del mundo sin familia?
Los más atrevidos indagadores locales, aquellos que investigaban hasta el grupo sanguíneo de los recién llegados, lograron recabar información respecto al nuevo y extraño personaje.
Miguel había sido expulsado de su pueblo de origen, entre otras cosas por ser el mayor de siete hermanos, hecho este que disipaba cualquier tipo de duda, claro que nadie corroboró la veracidad de estas noticias.
Si ayudaba a alimentar el morbo y a sostener aún más lo que se imaginaba los comentarios eran fidedignos, poco importaban las fuentes.
Sin derecho a la auto defensa el carpintero estaba ya bajo la lupa del pueblo, lo evitaban, nadie se le acercaba y en las noches de cantina con la garganta regada por alguna bebida blanca los contertulios refiriéndose a él, dejaban escapar aquella palabra maldita: “ lobizón”.
Entonces la espeluznante leyenda volvía a la vida.
De inmediato se acercaban hasta el baúl de los recuerdos para extraer de él todo lo relacionado a la maldición.
El séptimo hijo varón, cuando vea la luna llena, se convertirá en lobizón, bestia descomunal, similar a un lobo de tamañas similitudes.
Ser sediento de sangre, enviado del mismísimo infierno, que no hallará la paz solo hasta que una bala de plata se aloje en su corazón.
El antiguo relato contaba además que aquel que fuera capaz de liberar el espíritu apresado en el cuerpo del hombre maldito, entraría en el cielo sin necesidad de pasar por el purgatorio.
El solo hecho de librar al mundo de esta amenaza lo ponía en lugar privilegiado a los ojos del altísimo.
Una de esas noches en que el alcohol de adueña de la atmósfera, el tema de encuentro de los vecinos era la nueva amenaza que se cernía sobre Villa Lobos.
Don Antonio Gutiérrez era sin duda en el pueblo el más indicado para levantar el estandarte de la lucha y ante el asombro de todos los presentes se comprometió a acabar con aquella amenaza.
Así fue entonces que la primera noche de luna llena decidió dar cumplimiento a su juramento.
Dio ordenes estrictas a su esposa que no abriera la puerta bajo ningún concepto, tomó su escopeta y sabiendo que aquella empresa podía costarle la vida salió rumbo a la casa del hombre, quería ser el primero en ver manifestarse al enviado del diablo y mandarlo de regreso al abismo.
Arma en mano, se apostó a unos cuantos metros de la casa, estaba solo, nadie se animó a seguir su paso, todos mantenían oración por el valiente Antonio.
Desde allí la vista era precaria, no podía acercarse más o estaría muy expuesto.
Una luz mortecina se desprendía del interior de la vivienda, desde lejos logró ver al hombre en su interior, pareció caer al suelo, cautivo por un desmayo.
Lo había perdido de vista, al instante pudo advertir algo peludo y descomunalmente grande incorporarse. Jamás había visto un animal tan grande.
No era producto de la exageración lo que se comentaba
Su corazón pareció detenerse ante aquella horrible visión, sabía que la historia era real, ahora solo debía cumplir su misión.
Desde su ubicación perdió de vista la fiera, se acercó, lentamente y tembloroso... Ya no estaba, la enorme bestia había salido por atrás y se dispuso a buscarlo en la inmensidad de la noche...
Luego de varias horas, concluyó que el lobizón se había escapado... Pero no la próxima vez... Pensó.
Durante varias lunas Antonio siguió el rastro del lobo sin poder darle alcance.
Parecía que la endemoniada fiera cobraba inteligencia para eludir la persecución.
Todos los artilugios conocidos eran puestos en práctica por el improvisado cazador, ajos, agua bendita, grandes tramperos, pero no había éxito.
Así pasaron algunas lunas sin que el cazador intentara nada, hasta que una noche decidió volver al ruedo.
Esta vez decidido a terminar con el lobizón...
La luna era alta, a metros de la casa, logró ver la conversión desde fuera, como tantas veces antes, esta vez se acercó más...
El lobo se había escabullido de nuevo, enlutado por el manto nocturno.
El cazador rompió en furia y decidido avanzó hacia la vivienda tumbando la puerta con un furibundo punta pie.
Al abrirse la hoja de pesada madera... Mayúsculo fue su asombro al ver entre las sombras y tomar con sus manos una piel oscura y atiborrada de pelos.
En aquellas noches de luna llena, aquel lobo que no era tal, se convertía en bestia salvaje dando violentas envestidas a la esposa de Antonio que se extasiaba de placer aplacando los intensos calores del deseo, mientras escondían historias de amantes, ocultándolas entre las páginas cargadas de mítica que alimentaba la creencia popular.
Los más viejos del pueblo, aquellos que andaban con la espalda encorvada y peinaban canas, alguna vez que otra en noches de guitarreada y canto amenizaban la tertulia con aquellas historias que según ellos, eran reales.
Y los que atestiguaban aquellos relatos verdaderamente lo creían, porque quienes los narraban los cargaban de fuerza y vigor.
Aquellas andanzas aunque rozaran el asombro o sembraran mantos de incredulidad se volvían reales, a la luz del calor de las brazas, cuando las gargantas de los cantores estaban ya cansadas y la pausa obligaba.
La leyenda había crecido arraigada en las cuerdas de las guitarras, en él boca a boca, había sido legado a las generaciones nuevas y la misma gente la había mantenido tangible. De todos las exposiciones fantásticas que encumbraban los relatos de los paisanos, era sin duda la existencia del lobizón la más relevante, cargada de misticismo y por sobre todas por un gran realismo.
Antonio Giménez había nacido y crecido en Villa Lobos, aquella ciudad costera del interior.
Precisamente había heredado su nombre de ésta popular creencia, lo que en otras partes del mundo se definía como el “hombre lobo”.
Era una persona muy respetuosa de las creencias pueblerinas y le cabría el rótulo de cristiano, al menos a la hora de ir a misa los domingos.
Lo cierto es que no contaba con la virtud de la fe para las cuestiones religiosas, aún así quería asegurarse un lugar en el paraíso a la hora del adiós.
Cuando en un pueblo se comienzan a tejer suspicacias en torno a una persona, se empieza a temer, a ver al individuo con otros ojos, podría decirse que pasa a ser culpable sin siquiera haber tenido un juicio.
Esto aconteció con Miguel, un nuevo carpintero que había llegado al pueblo, pisando los cuarenta años, vivía solo, era ermitaño, casi nunca se lo veía andar la calle.
Este raro comportamiento llamaba mucho la atención.
¿Porqué este hombre vivía solo y alejado del mundo sin familia?
Los más atrevidos indagadores locales, aquellos que investigaban hasta el grupo sanguíneo de los recién llegados, lograron recabar información respecto al nuevo y extraño personaje.
Miguel había sido expulsado de su pueblo de origen, entre otras cosas por ser el mayor de siete hermanos, hecho este que disipaba cualquier tipo de duda, claro que nadie corroboró la veracidad de estas noticias.
Si ayudaba a alimentar el morbo y a sostener aún más lo que se imaginaba los comentarios eran fidedignos, poco importaban las fuentes.
Sin derecho a la auto defensa el carpintero estaba ya bajo la lupa del pueblo, lo evitaban, nadie se le acercaba y en las noches de cantina con la garganta regada por alguna bebida blanca los contertulios refiriéndose a él, dejaban escapar aquella palabra maldita: “ lobizón”.
Entonces la espeluznante leyenda volvía a la vida.
De inmediato se acercaban hasta el baúl de los recuerdos para extraer de él todo lo relacionado a la maldición.
El séptimo hijo varón, cuando vea la luna llena, se convertirá en lobizón, bestia descomunal, similar a un lobo de tamañas similitudes.
Ser sediento de sangre, enviado del mismísimo infierno, que no hallará la paz solo hasta que una bala de plata se aloje en su corazón.
El antiguo relato contaba además que aquel que fuera capaz de liberar el espíritu apresado en el cuerpo del hombre maldito, entraría en el cielo sin necesidad de pasar por el purgatorio.
El solo hecho de librar al mundo de esta amenaza lo ponía en lugar privilegiado a los ojos del altísimo.
Una de esas noches en que el alcohol de adueña de la atmósfera, el tema de encuentro de los vecinos era la nueva amenaza que se cernía sobre Villa Lobos.
Don Antonio Gutiérrez era sin duda en el pueblo el más indicado para levantar el estandarte de la lucha y ante el asombro de todos los presentes se comprometió a acabar con aquella amenaza.
Así fue entonces que la primera noche de luna llena decidió dar cumplimiento a su juramento.
Dio ordenes estrictas a su esposa que no abriera la puerta bajo ningún concepto, tomó su escopeta y sabiendo que aquella empresa podía costarle la vida salió rumbo a la casa del hombre, quería ser el primero en ver manifestarse al enviado del diablo y mandarlo de regreso al abismo.
Arma en mano, se apostó a unos cuantos metros de la casa, estaba solo, nadie se animó a seguir su paso, todos mantenían oración por el valiente Antonio.
Desde allí la vista era precaria, no podía acercarse más o estaría muy expuesto.
Una luz mortecina se desprendía del interior de la vivienda, desde lejos logró ver al hombre en su interior, pareció caer al suelo, cautivo por un desmayo.
Lo había perdido de vista, al instante pudo advertir algo peludo y descomunalmente grande incorporarse. Jamás había visto un animal tan grande.
No era producto de la exageración lo que se comentaba
Su corazón pareció detenerse ante aquella horrible visión, sabía que la historia era real, ahora solo debía cumplir su misión.
Desde su ubicación perdió de vista la fiera, se acercó, lentamente y tembloroso... Ya no estaba, la enorme bestia había salido por atrás y se dispuso a buscarlo en la inmensidad de la noche...
Luego de varias horas, concluyó que el lobizón se había escapado... Pero no la próxima vez... Pensó.
Durante varias lunas Antonio siguió el rastro del lobo sin poder darle alcance.
Parecía que la endemoniada fiera cobraba inteligencia para eludir la persecución.
Todos los artilugios conocidos eran puestos en práctica por el improvisado cazador, ajos, agua bendita, grandes tramperos, pero no había éxito.
Así pasaron algunas lunas sin que el cazador intentara nada, hasta que una noche decidió volver al ruedo.
Esta vez decidido a terminar con el lobizón...
La luna era alta, a metros de la casa, logró ver la conversión desde fuera, como tantas veces antes, esta vez se acercó más...
El lobo se había escabullido de nuevo, enlutado por el manto nocturno.
El cazador rompió en furia y decidido avanzó hacia la vivienda tumbando la puerta con un furibundo punta pie.
Al abrirse la hoja de pesada madera... Mayúsculo fue su asombro al ver entre las sombras y tomar con sus manos una piel oscura y atiborrada de pelos.
En aquellas noches de luna llena, aquel lobo que no era tal, se convertía en bestia salvaje dando violentas envestidas a la esposa de Antonio que se extasiaba de placer aplacando los intensos calores del deseo, mientras escondían historias de amantes, ocultándolas entre las páginas cargadas de mítica que alimentaba la creencia popular.
CAZADOR.
El veterano cazador llegó a la ciudad de Sierra Alta cuando caía la séptima hora del veinte de Agosto, en esos momentos que el astro rey parece perder sus fuerzas y atosigado por el cansancio comienza a preparar la retirada.
Prácticamente entró en el pueblo a los albores de la nueva noche, en pocos instantes se mostraría majestuosa y brillante.
Acaso fuera la mejor hora para su deporte preferido, la caza. De todas los momentos del día, era la noche el instante que prefería para desarrollar la tarea.
Pudo haber llegado a la mañana y disfrutar de la geografía del lugar, pero no estilaba dedicar demasiado tiempo a sus divertimentos, prefería realizar la cacería pronto y retornar sin demora.
Por eso jamás llegaba ni tarde ni temprano, lo hacía en el momento justo en que sabía a su presa más vulnerable.
Sin mucho cambio de indumentaria y solo con las herramientas necesarias salió presuroso al posible punto de encuentro con su trofeo de faena.
A las afueras de la ciudad, cercano a un río que reflejaba las luces de la noche y donde cada tanto los pescadores se arrimaban a probar suerte con sus cañas.
Por fortuna para experimentado cazador esa noche estaba tranquila, en cuanto a concurrencia.
Se detuvo junto a una roca, aguardó cobijado en la nocturnidad, si algo le acompañaba en sus largas travesías era su paciencia a la hora de esperar a sus víctimas.
Podía permanecer inmóvil durante horas aguardando cual estatua, sin que nadie notara su presencia.
Sabía que cualquier sonido, hasta el más mínimo ruido espantaría a su eventual trofeo y en aquella noche como en todas la pesquisa debería ser exitosa.
No importaba la dilatación temporal si se completaba la empresa.
Él no se jactaba de ello, pero era sabedor de que pocas presas habían conseguido burlar su paso, hecho que daba muestras de su implacable profesionalismo.
La calma a la hora de la prórroga había dado sus frutos, finalmente cuando era grande la noche, cerca de la orilla del río finalmente avizoró lo que aguardaba.
El contacto visual, le inyectó aún más tranquilidad otorgándole confianza y mayores probabilidades de logro.
De modo que sin inquietar la silenciosa calma, avanzó sigilosamente, como levitando para evitar ser visto ni oído, lentamente caminó, seguro.
La mirada fija en su presa, la mano firme que no le temblaba, cuando supo frágil a su damnificado, decidió que ya era hora de atacar y esa noche como tantas y tantas el cazador se alzó con el trofeo.
Cuando la mañana llegó a la apacible Cierra Alta, pequeño pueblo dónde los habitantes no eran muy numerosos, la trágica noticia corrió como reguero de pólvora, uno de los más antiguos y respetados miembros de la comunidad había dejado de existir.
Prácticamente entró en el pueblo a los albores de la nueva noche, en pocos instantes se mostraría majestuosa y brillante.
Acaso fuera la mejor hora para su deporte preferido, la caza. De todas los momentos del día, era la noche el instante que prefería para desarrollar la tarea.
Pudo haber llegado a la mañana y disfrutar de la geografía del lugar, pero no estilaba dedicar demasiado tiempo a sus divertimentos, prefería realizar la cacería pronto y retornar sin demora.
Por eso jamás llegaba ni tarde ni temprano, lo hacía en el momento justo en que sabía a su presa más vulnerable.
Sin mucho cambio de indumentaria y solo con las herramientas necesarias salió presuroso al posible punto de encuentro con su trofeo de faena.
A las afueras de la ciudad, cercano a un río que reflejaba las luces de la noche y donde cada tanto los pescadores se arrimaban a probar suerte con sus cañas.
Por fortuna para experimentado cazador esa noche estaba tranquila, en cuanto a concurrencia.
Se detuvo junto a una roca, aguardó cobijado en la nocturnidad, si algo le acompañaba en sus largas travesías era su paciencia a la hora de esperar a sus víctimas.
Podía permanecer inmóvil durante horas aguardando cual estatua, sin que nadie notara su presencia.
Sabía que cualquier sonido, hasta el más mínimo ruido espantaría a su eventual trofeo y en aquella noche como en todas la pesquisa debería ser exitosa.
No importaba la dilatación temporal si se completaba la empresa.
Él no se jactaba de ello, pero era sabedor de que pocas presas habían conseguido burlar su paso, hecho que daba muestras de su implacable profesionalismo.
La calma a la hora de la prórroga había dado sus frutos, finalmente cuando era grande la noche, cerca de la orilla del río finalmente avizoró lo que aguardaba.
El contacto visual, le inyectó aún más tranquilidad otorgándole confianza y mayores probabilidades de logro.
De modo que sin inquietar la silenciosa calma, avanzó sigilosamente, como levitando para evitar ser visto ni oído, lentamente caminó, seguro.
La mirada fija en su presa, la mano firme que no le temblaba, cuando supo frágil a su damnificado, decidió que ya era hora de atacar y esa noche como tantas y tantas el cazador se alzó con el trofeo.
Cuando la mañana llegó a la apacible Cierra Alta, pequeño pueblo dónde los habitantes no eran muy numerosos, la trágica noticia corrió como reguero de pólvora, uno de los más antiguos y respetados miembros de la comunidad había dejado de existir.
martes 11 de agosto de 2009
NATURALEZA VIVA.
Luis Angel Hernández había tenido la suerte de ser seleccionado como nuevo guardia de seguridad del museo municipal de la ciudad, entre muchos aspirantes.
El viejo cuidador que lo antecedía había perdido la razón y fue cesado de su cargo, estando incluso bajo atención profesional. Conjeturaron que tantos años trabajando durante la noche habían vuelto endeble su razonamiento y estaba a los albores de la locura. Su demencia era elocuente, permanentemente hablaba cosas sin sentido.
Durante una de las primeras noches, estando de recorrida, con la luz de su linterna, Luis Angel logró ver en el piso un objeto que brillaba, se detuvo, dirigiéndose hasta él.
Lo tomó, era un facón, de afilada hoja y empuñadura en metal, le resultó extraño pues en aquella zona sólo se exponían pinturas, por tanto no habían antigüedades.
Continuó la recorrida con el extraño objeto en sus manos, justo frente a una de las pinturas: "evocación ecuestre" vio asomarse en el piso bajo una roja alfombra lo que parecía ser el borde de un papel, lo levantó.
Instintivamente iluminó con su luz la pintura, había algo extraño en el gaucho, que era el personaje central de la misma... A su cintura, el pintoresco hombre tenía una funda vacía... En la cual podía alojarse perfectamente el facón que Luis tenía en sus manos.
Al terminar la recorrida abrió el papel que recogiera del piso y se dispuso a leer, contenía unas cuantas líneas...
A quien corresponda:
Cuando llegaba la noche y el museo apagaba sus luces, liberaba sus custodias y cerraba sus puertas, se respiraba un aire de tranquilidad y paz.
Entonces es ese momento los espíritus que anidaban en las pinturas se escapaban de sus lienzos y salían a recorrer el lugar.
Habían dado vida a las obras durante el día y ahora en la soledad y lejos de las miradas de los visitantes, comenzaban a desprenderse de los cuadros.
El brillante piso lograba reflejarlos, parecía estar encendido cuando la luz lunar se proyectaba desde el exterior a través de los gruesos vidrios.
Cuando la madrugada era ya crecida no existía nada que los detuviera en su alocado accionar casi increíble.
Yo los veía, al principio me escondía, desde lejos escudriñaba, con el tiempo notaron mi presencia, aún así se mostraban indiferentes a mis incrédulas miradas.
Cuando los fenómenos iniciaron lograban aterrarme, desde el rincón pegado a mi silla, ni siquiera me animaba a encender la linterna para ver más allá de lo que mis ojos eran capaces de captar, con la mortecina luz natural. Sentía el aroma de las flores del cuadro del paisaje, el canto de los pájaros como si estuvieran trinando aquí dentro, junto a mí.
Lograba sentir el aroma y el sonido del mar, cual si me encontrara parado justo en medio de una playa con el viento costero acariciando mi rostro, aterrado.
Una noche de esas en que las pinturas habían soltado sus riendas, el viejo, el que está sentado sobre un caballo en la pintura que está en el ala norte, vestido de gaucho, con la camisa amarillenta raída, con chiripá y sombrero y sus dedos fuera del calzado, facón a la cintura, con cabellera y barba blanca, pañuelo al cuello, se acercó hasta mí.
Mi corazón pareció detenerse en aquel instante, momento en que ya le había quitado el crédito a mis ojos, me dijo con aire paternal...
- No se asuste mijo, liberamos las tensiones del día. El realismo de las obras se sustenta con nuestra presencia, por eso los visitantes logran maravillarse con ellas, porque viven... A través de nosotros cobran vida...
El viejo continuó hablando, más yo no quise continuar escuchando aquellas excusas explicando lo inexplicable, comencé a correr por el largo pasillo, hasta encontrar la salida...
Cuando el nuevo día abría sus ojos, el extraño cuchillo formaba parte de la pintura, a la cintura del gaucho.
Sobre la oficina central del museo, esta misiva descansaba en el escritorio central, junto a una carta de renuncia, fechada al día, firmada por Luis Angel Hernández.
Ambas cartas desaparecieron, no fuera a ser que el nuevo eventual guardia también se contagiara de aquella locura colectiva.
El viejo cuidador que lo antecedía había perdido la razón y fue cesado de su cargo, estando incluso bajo atención profesional. Conjeturaron que tantos años trabajando durante la noche habían vuelto endeble su razonamiento y estaba a los albores de la locura. Su demencia era elocuente, permanentemente hablaba cosas sin sentido.
Durante una de las primeras noches, estando de recorrida, con la luz de su linterna, Luis Angel logró ver en el piso un objeto que brillaba, se detuvo, dirigiéndose hasta él.
Lo tomó, era un facón, de afilada hoja y empuñadura en metal, le resultó extraño pues en aquella zona sólo se exponían pinturas, por tanto no habían antigüedades.
Continuó la recorrida con el extraño objeto en sus manos, justo frente a una de las pinturas: "evocación ecuestre" vio asomarse en el piso bajo una roja alfombra lo que parecía ser el borde de un papel, lo levantó.
Instintivamente iluminó con su luz la pintura, había algo extraño en el gaucho, que era el personaje central de la misma... A su cintura, el pintoresco hombre tenía una funda vacía... En la cual podía alojarse perfectamente el facón que Luis tenía en sus manos.
Al terminar la recorrida abrió el papel que recogiera del piso y se dispuso a leer, contenía unas cuantas líneas...
A quien corresponda:
Cuando llegaba la noche y el museo apagaba sus luces, liberaba sus custodias y cerraba sus puertas, se respiraba un aire de tranquilidad y paz.
Entonces es ese momento los espíritus que anidaban en las pinturas se escapaban de sus lienzos y salían a recorrer el lugar.
Habían dado vida a las obras durante el día y ahora en la soledad y lejos de las miradas de los visitantes, comenzaban a desprenderse de los cuadros.
El brillante piso lograba reflejarlos, parecía estar encendido cuando la luz lunar se proyectaba desde el exterior a través de los gruesos vidrios.
Cuando la madrugada era ya crecida no existía nada que los detuviera en su alocado accionar casi increíble.
Yo los veía, al principio me escondía, desde lejos escudriñaba, con el tiempo notaron mi presencia, aún así se mostraban indiferentes a mis incrédulas miradas.
Cuando los fenómenos iniciaron lograban aterrarme, desde el rincón pegado a mi silla, ni siquiera me animaba a encender la linterna para ver más allá de lo que mis ojos eran capaces de captar, con la mortecina luz natural. Sentía el aroma de las flores del cuadro del paisaje, el canto de los pájaros como si estuvieran trinando aquí dentro, junto a mí.
Lograba sentir el aroma y el sonido del mar, cual si me encontrara parado justo en medio de una playa con el viento costero acariciando mi rostro, aterrado.
Una noche de esas en que las pinturas habían soltado sus riendas, el viejo, el que está sentado sobre un caballo en la pintura que está en el ala norte, vestido de gaucho, con la camisa amarillenta raída, con chiripá y sombrero y sus dedos fuera del calzado, facón a la cintura, con cabellera y barba blanca, pañuelo al cuello, se acercó hasta mí.
Mi corazón pareció detenerse en aquel instante, momento en que ya le había quitado el crédito a mis ojos, me dijo con aire paternal...
- No se asuste mijo, liberamos las tensiones del día. El realismo de las obras se sustenta con nuestra presencia, por eso los visitantes logran maravillarse con ellas, porque viven... A través de nosotros cobran vida...
El viejo continuó hablando, más yo no quise continuar escuchando aquellas excusas explicando lo inexplicable, comencé a correr por el largo pasillo, hasta encontrar la salida...
Cuando el nuevo día abría sus ojos, el extraño cuchillo formaba parte de la pintura, a la cintura del gaucho.
Sobre la oficina central del museo, esta misiva descansaba en el escritorio central, junto a una carta de renuncia, fechada al día, firmada por Luis Angel Hernández.
Ambas cartas desaparecieron, no fuera a ser que el nuevo eventual guardia también se contagiara de aquella locura colectiva.
lunes 10 de agosto de 2009
EL VIAJANTE.
Al principio se mostraba indeciso, inseguro.
Sentía que le faltaban fuerzas para iniciar el largo viaje. Lograron convencerlo, alentándolo.
En un nuevo mundo que debes conocer... Le dijeron.
Entre miedos, inseguridades y temor por lo desconocido finalmente accedió, había aprendido a escuchar consejos, sobre todo de los que amaba y era consciente que la misma sensación de tristeza que él sentía al partir, los demás lo tendrían por su ausencia.
De todas maneras con la resolución ya tomada, esa noche, la anterior al viaje fue diferente, estaba ansioso y nervioso, no lograba dormirse y tampoco quería.
Decidió mantener un diálogo con el jefe de su orden, quien le encomendara la tarea.
Una vez finalizado el encuentro pareció estar más tranquilo, las palabras del sabio maestre habían aquietado su espíritu temeroso y se fue a su cuarto a intentar descansar para emprender la marcha al día siguiente.
Una estrella, la más brillante llamó su atención, estaba colgada del cielo, logró verlo desde la ventana de su dormitorio y se perdió en ella observándola largamente.
Paz y tranquilidad halló en aquel instante, acaso las fuerzas que necesitaba para la empresa.
Entre quiero y no puedo, con la ansiedad como aliada finalmente se durmió, un sueño entre cortado y poco profundo, aunque a fin de cuentas estaba descansando, a las afueras todos velaban su sueño, iban a extrañarlo en demasía.
Despertó en pleno viaje, ya no había retorno, destinó el tiempo subsiguiente a recordar y despedir a través de su pensamiento a todos sus seres queridos que con tanto afecto le habían despedido.
La tecnología que le acompañaba era muy buena y atendía a todas sus necesidades físicas, buen alimento, comunicación, oxígeno y calor.
Amenizaba sus largas horas de viaje esperanzando su corazón a las nuevas emociones venideras, decidió que ya debía desechar los temores, que el camino seguía su curso y de nada valía el arrepentimiento.
Así pasaron los días...
Hasta que finalmente supo que el largo viaje estaba arribando a su término, abandonaría aquel habitáculo que le acompañara durante la cruzada.
Se sintió nervioso, tenso, con algo de miedo, pero feliz, muy feliz, en ese instante recordó a todos.
Ya lograba ver la luz, y escuchar voces, el silencioso entorno del interior había sido roto, grandes y blancas manos le recibieron, estaba ya en casa.
Alegrías, risas y llantos compartidos...
Una vez más el milagroso viaje de la vida llegaba a destino.
Suavidad y calor, ternura y amor encontró en el pecho del ser que lo recibía, el mismo ángel que durante nueve lunas aguardó la llegada del viajante.
Sentía que le faltaban fuerzas para iniciar el largo viaje. Lograron convencerlo, alentándolo.
En un nuevo mundo que debes conocer... Le dijeron.
Entre miedos, inseguridades y temor por lo desconocido finalmente accedió, había aprendido a escuchar consejos, sobre todo de los que amaba y era consciente que la misma sensación de tristeza que él sentía al partir, los demás lo tendrían por su ausencia.
De todas maneras con la resolución ya tomada, esa noche, la anterior al viaje fue diferente, estaba ansioso y nervioso, no lograba dormirse y tampoco quería.
Decidió mantener un diálogo con el jefe de su orden, quien le encomendara la tarea.
Una vez finalizado el encuentro pareció estar más tranquilo, las palabras del sabio maestre habían aquietado su espíritu temeroso y se fue a su cuarto a intentar descansar para emprender la marcha al día siguiente.
Una estrella, la más brillante llamó su atención, estaba colgada del cielo, logró verlo desde la ventana de su dormitorio y se perdió en ella observándola largamente.
Paz y tranquilidad halló en aquel instante, acaso las fuerzas que necesitaba para la empresa.
Entre quiero y no puedo, con la ansiedad como aliada finalmente se durmió, un sueño entre cortado y poco profundo, aunque a fin de cuentas estaba descansando, a las afueras todos velaban su sueño, iban a extrañarlo en demasía.
Despertó en pleno viaje, ya no había retorno, destinó el tiempo subsiguiente a recordar y despedir a través de su pensamiento a todos sus seres queridos que con tanto afecto le habían despedido.
La tecnología que le acompañaba era muy buena y atendía a todas sus necesidades físicas, buen alimento, comunicación, oxígeno y calor.
Amenizaba sus largas horas de viaje esperanzando su corazón a las nuevas emociones venideras, decidió que ya debía desechar los temores, que el camino seguía su curso y de nada valía el arrepentimiento.
Así pasaron los días...
Hasta que finalmente supo que el largo viaje estaba arribando a su término, abandonaría aquel habitáculo que le acompañara durante la cruzada.
Se sintió nervioso, tenso, con algo de miedo, pero feliz, muy feliz, en ese instante recordó a todos.
Ya lograba ver la luz, y escuchar voces, el silencioso entorno del interior había sido roto, grandes y blancas manos le recibieron, estaba ya en casa.
Alegrías, risas y llantos compartidos...
Una vez más el milagroso viaje de la vida llegaba a destino.
Suavidad y calor, ternura y amor encontró en el pecho del ser que lo recibía, el mismo ángel que durante nueve lunas aguardó la llegada del viajante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)